La escritora Anne Applebaum afirmaba, en su ensayo «El Ocaso de la Democracia» que, si se daban las condiciones adecuadas, cualquier sociedad puede llegar a dar la espalda a la democracia. El desinterés en forma de abstención aparece siempre en los grupos de mayor pobreza y menor nivel educativo en forma de abstención. Paradójicamente, cada vez aparecen más votantes de estos grupos sociales que deciden dar su voto a partidos de extrema derecha.

Si tratamos de comprender estos movimientos desde un punto de vista estadístico y racional, apenas alcanzaremos a entenderlo. El neoliberalismo genera sensaciones de inseguridad y competición constantes que atraviesan cada uno de los poros de los diferentes contextos sociales que nos rodean. Crean un escenario cómplice para que buena parte de los obreros y las clases medias busquen un mínimo de seguridad en un nuevo paradigma moral que ya no garantiza la socialdemocracia. 

Polarización y diferenciación grupal

EL filósofo Henry Thoreau afirmaba que un gobierno es, en el mejor de los casos, un mal recurso; y que, en la mayoría de los casos, se trata de un inconveniente. El imaginario colectivo, junto con los medios de masas, hacen que estemos rodeados de mitos como el funcionamiento social de las dictaduras comunistas o la eficiencia del mercado neoliberal.

Esta polarización y diferenciación grupal ha existido siempre. Lo que existe actualmente es una radicalización que no deja de ser un objetivo político de división planificada. Una radicalización alimentada convenientemente a través de mensajes falsos o simplistas, que apelan a la emoción de una sociedad en fase de desánimo general. A partir de aquí, cada uno de los grandes partidos y sus seguidores se comportan como  sectas. Es decir, percibiendo a los simpatizantes del otro grupo o idea política como esencialmente diferentes y peligrosos; mostrando desagrado y hostilidad. Para explicar estos movimientos, no hay una respuesta unívoca. Pero, sí una serie de factores que podemos tener en cuenta a la hora de explicar la conducta del voto.

Mecanismo defensivo

Las personas no nos acercamos a la realidad de una forma objetiva, sino que lo hacemos del modo en el que más nos conviene. Cuando estamos frente a diferentes argumentos, nuestro cerebro pone en marcha un mecanismo defensivo. Este es el motivo por el que tenemos la tendencia a buscar y consumir aquella información que confirme nuestras creencias. Y, como consecuencia, rechazar aquellas que las desmientan (una evitación del malestar adaptativa).

Se trata de un proceso prácticamente automático que deja fuera todo aquello que haga que nuestras convicciones se sientan amenazadas; y ni siquiera permitimos que esa información ingrese en nuestra mente. Desde un punto de vista evolutivo, para una persona resulta enormemente amenazante admitir que no se tiene razón.

Decisión eminentemente emocional y completamente subjetiva

En términos generales, los políticos también saben que el voto es una decisión eminentemente emocional y completamente subjetiva. Es decir, saben que tomamos la decisión en función de aquello que percibimos; y lo que percibimos no suele entrar por la vía de los datos ni del pensamiento racional sino, más bien, a través de emociones, factores irracionales, inconsciente, aprendizajes previos y hasta características de personalidad.

Por ejemplo, en Estados Unidos se llevaron a cabo varios estudios sobre qué tipo de personalidad tienen los votantes de diferentes ideologías. Los votantes republicanos aparecerían en el grupo B (personalidad antisocial, narcisista…); frente a los demócratas, en el grupo C (obsesivos, dependientes…). 

Desde la Psicología Social, podemos apreciar la fase de categorización propuesta por el psicólogo social británico Henri Tajfel. Tendemos a categorizar a las personas ajenas y a nosotros mismos en grupos de pertenencia para poder identificarnos. Pero, además, las personas contamos con una obsesión irracional por lo que los demás piensan de nosotros. Estamos, además, convencidos de que las demás personas tienen los mismos mecanismos a la hora de pensar que cada uno de nosotros.

Conformidad social previa

Cualquier votación se trata de una elección de masas en la que aparece la conformidad social previa. El psicólogo Salomon Asch definió esta conformidad como el grado hasta el cual los miembros de un grupo social cambian su comportamiento, opiniones etc. para poder encajar con las opiniones del grupo. Es decir, existe la necesidad de pertenecer a un grupo y ser aceptados. Las creencias son una parte fundamental de nuestro sentido de pertenencia y cambiarlas supondría modificar nuestra identidad. Así, la verdadera base psicológica del voto electoral no es tanto las convicciones, sino la identidad de grupo.

Desde un punto de vista neurológico y de estructura cerebral, dos personas con ideologías diferentes procesan la información de forma distinta (incluso las respuestas neuronales son diferentes), interpretando en función del sesgo político que tengamos (que nuestro tiempo y esfuerzo ha costado formar, motivo por el que somos más reacios a cualquier cambio). Por el contrario, cuando nuestras opiniones son valoradas de forma positiva o coinciden con la de nuestros semejantes, en el cerebro se activan los sistemas de recompensa. Si a un votante de ultraderecha queremos convencerle de apoyar las medidas contra el cambio climático; o luchar contra la desigualdad por la vía de la protección del planeta; o del bienestar social no tendremos demasiado éxito. Sin embargo, si lo hacemos por la vía de la tradición o del respeto a los valores del país, la cosa cambiará. 

El miedo

Por último, aunque no menos importante, existe un factor universal: el miedo. Aun partiendo de la base de que los seres humanos nos resistimos a aceptar las evidencias que van en contra de nuestras ideas políticas, si nos exponemos de forma repetida a informaciones que nos resultan desagradables e indignantes, y que asociamos con un partido, aparece el miedo (Sánchez o España, Comunismo o Libertad, Izquierda o Fascismo…).

Por eso, los partidos políticos han pasado de presentar y debatir sobre propuestas y programas, a atizar con el miedo y las consecuencias de errar con nuestro voto. El miedo es una emoción poderosa para movilizar la decisión de las personas; y la química del cerebro reacciona de la misma forma que cuando nos sentimos amenazados, siendo el sistema límbico quien toma el control.

Este miedo también lo sienten las diferentes capas políticas con un tipo de personalidad (podemos revisar el artículo de la psicopatía política, publicado en Meet Las Rozas hace algunas semanas). Pero, también sabedores y conscientes de que el estatus y salarios adquiridos (que actúan a modo de reforzadores) serían imposibles de otra forma dadas sus cualificaciones.

En definitiva, el voto no es tanto una respuesta racional y basada en evidencias que podamos explicar basándonos en datos, sino un intento de adaptarnos y ser aceptados mientras estamos influidos por el funcionamiento y la estructura cerebral de cada uno.